Todas las noches el ladrido de los perros entra como un eco que se esconde temeroso entre las cortinas de la luna ausente. No hay nada solo un lienzo negro frente a mis ojos. Mis dedos son crayolas con las que dibujo mis sueños. Mis manos son las manos del titiritero que mueve las tuyas acariciando mi rostro en la oscuridad. Mis ojos cerrados ven todo con tanta claridad. Tus huellas invisibles en las dunas del tiempo, que se encajan como espinas, en surcos de tierra agrietada por el sol.
Por que la realidad es un vidrio que detiene la lluvia si no estas tu. Un frio hambriento me tiende los brazos, riéndose a carcajadas de la inanición de mi alma, con la boca llena de sueños rotos.
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